Desde hace unos días las calles y las tiendas se visten de
Navidad. Las luces decoran ventanas y se empiezan a ver arbolitos por aquí y
por allá. Los niños sólo hablan de los Reyes y el aire parece que huele
distinto. Huele a Navidad. ¿Y a qué huele la Navidad?, seguro te preguntarás…
pues huele a lo que a ti te guste más. Huele a lo que tú quieras que huela,
pues eres tú quién hace posible que estas fechas sean especiales, tristes o
normales. Eres tú quién da importancia a grandes o pequeñas cosas. Eres tú
quién permite la superficialidad o quién busca el verdadero sentido de la
Navidad.
Este año mi Navidad huele distinta. Mezcla de canela y
regaliz. Atisbo alegría e ilusión en mi interior, mas no me engaño, y no te
engaño: también hay tristeza y desazón. Intento combatir los recuerdos tristes
con la ilusión por el Nacimiento del Señor. Albergo el deseo de compartir con
el Niño Dios la venida a este mundo portando Amor. Un año más, no sólo nace Él,
sino que nos da la oportunidad de renacer con Él. Tu corazón puede ser el mejor
pesebre que podrías ofrecerle para venir al mundo. Calentito, confortable, y
sobre todo, cercano a tí, que es dónde Él quiere estar. Naciendo Él, naces tú
también.
Al final del año me gusta hacer balance de lo acontecido, de
los momentos compartidos y de las experiencias vividas, pero sobre todo, de las
personas con las que cuento, y de las que cuentan conmigo. Me complace poder
decir, que a pesar de los altibajos, este ha sido un buen año. Han ocurrido
muchas cosas. Buenas y malas. Han aparecido personas nuevas, y lo que es más
importante, me he reencontrado con muchas que ya estaban y parecía que antes no
veía.
A todos vosotros,
cada uno sabe en qué aspectos encaja, quiero daros las gracias. Gracias por
estar ahí, a las duras y las maduras. Gracias por decirme verdades como puños. Gracias
por ese abrazo y/o ese beso cuando, sin que yo lo dijera, leías en mis ojos que
lo necesitaba. Gracias por hacerme reír. Gracias por los momentos de
cosquillas. Gracias por esas llamadas telefónicas que me ayudan a serenarme.
Gracias por enseñarme a quererme y aceptarme. Gracias por rezar por mí. Gracias
por acordarte de mi cumpleaños y/o mi santo, aunque sea una tontería, siempre
me hace mucha ilusión. Gracias por cuidarme y buscar lo mejor para mí. Gracias
por darme una oportunidad. Gracias por confiar en mí. Gracias por compartir tu
tiempo conmigo y enriquecerme. Gracias por las conversaciones que duran horas y
horas. Gracias por soportarme, aconsejarme, guiarme, y sobre todo, quererme tal
y como soy. Gracias por creer en mí, aún cuando yo no lo hago. En definitiva, gracias
por formar parte de mi vida, y perdona por todas las veces que no he sabido
estar a la altura.
Te deseo lo mejor, no sólo para estas fechas, sino para toda
tu vida. Espero que el 2013 venga cargado de alegrías y sonrisas, pero sobre
todo, que podamos seguir compartiéndolas juntos. Dios nos ha brindado la
oportunidad de caminar juntos y, espero y deseo que sea por mucho tiempo.
¡Feliz Navidad y Próspero 2013!

